Version Moderna

"Y vivieron nada felices; casi siempre."

Blancanieves abrió los ojos justo en el momento en que sintió la lengua de aquel hombre dentro de su boca. Le empujó con la dignidad herida y se sentó de un salto. Se dio cuenta entonces que se hallaba metida en una cajita de cristal y de que la rodeaban unos cuantos enanos. Trató de contarlos a todos en su mente pero se le hizo eterno, cada vez que iba por veinticinco se turbaba y volvía a empezar.

Mientras tanto el hombre, guapísimo por cierto, se había dedicado a estudiarle el rostro, minuciosamente, con un interés que bien podría haberse confundido con amor a primera vista.

—Alguien te envenenó. –le dijo el hombre y se presentó. —Yo soy el príncipe azul. Mucho gusto.
—¿Por qué me besaste? —preguntó ella, todavía intentando que las piernas le dejaran de temblar.
—Es la norma ante estos casos. — él sonrió y pudo haber iluminado un cielo.—Primero respiración artificial, y luego el beso.
—Pero me metiste la lengua hasta la garganta…
—Ah, es algo muy moderno, muy “in”. Europeo. Se llama beso francés, ¿nunca te lo habían dado?
—Jamás.
—Bueno, siempre hay una primera vez. Aprovecho para mencionarte que me he enamorado.

Blancanieves se ruborizó y extendió su mano para que el príncipe azul la ayudara a bajar de la cajita. Sin embargo, dio un movimiento demasiado brusco y la misma se resbaló y cayó al suelo, hecha pedazos. Los 53 enanos, hombres, mujeres y niños, se enojaron tanto por el gasto innecesario de vidrio que en definitiva se acaba de desperdiciar, que refunfuñando se largaron.

—¿Y qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Blancanieves.
—Bueno, me encantaría que te fueras a vivir conmigo a mi Castillo, aunque yo prefiero llamarlo “Castle”, se oye mejor en inglés.

Ella se ruborizó más y aceptó la propuesta. Se montó en el caballo con él para dirigirse al susodicho Castillo y pensó que su dicha no podía ser mejor. Llena de pudor ignoró la presión que le hacia aquella partecita de él en su trasero virgen, e imaginó con entusiasmo la noche de bodas que le esperaba. Fantaseó, perdida en su relato rosa cursi, sobre su futura vida y su futuro amor. Hasta que tropezaron con un catre dorado en medio del bosque, desde donde se podía ver a una preciosísima rubia dormida.

Con una mueca herida vio Blancanieves ante sus ojos como el príncipe azul se bajaba del caballo, se arreglaba la entrepierna groseramente y mientras se desajustaba la tela del medio de sus nalguitas, sacándose la colilla, se dobló… y a la rubia besó, bastante europeamente, por cierto.

—¡Pero, un momento! —protestó ella. —¿Acaso no me amas? Me acabas de decir hace un rato que te enamoraste de mí. Y tu propuesta de matrimonio es solo reciente. ¿Qué te has creído?

El príncipe ayudó a levantar a la rubia, con un estupendo escote, de hecho, y mientras aún no despegaba los ojos del nacimiento de sus pechos, exclamó:

—Blanquita, querida, cuando te dije que me había enamorado, no mencioné de quién, ¿o sí? Y cuando acepté darte alojo, no mencioné matrimonio, ¿verdad? ¿De qué te escandalizas entonces?

Rabiosa se buscó en los bolsillos del traje y extrajo el resto de una mordida manzana, la cual lanzó.

—Aquí tienes güera. —le dijo a la tonta amarillenta y la muy inocente se la empezó a comer. Mientras tanto haló las riendas del caballo y salió al galope, dejándolos a ambos solos allí, más o menos a una distancia de tres días a pie, del próximo castillo.

Colorín colorado.